Bogotá: Atisbos de cultura ciudadana.
Plaza de Bolívar en Bogotá / Foto: Panoramio
Los cerros tutelares de la Capital están de
pronto arropados de blancura, como si un ángel de niebla se hubiera dormido
sobre ellos. De sus alas, plumones incontables desprendidos por un viento
glacial bajan hasta la Plaza convertidos en inofensivos alfileres de agua.
Cielo arriba, centenares de palomas buscan afanosamente aleros y cornisas donde
arrullar su tibio sueño. Es la hora vespertina.
Como si un mecanismo urbano controlara sus
movimientos, miles de abrigados transeúntes desfilan por las calles. Mucho
antes, habían recorrido en sentido inverso el camino del hogar hasta el sitio
de trabajo, y ahora, deshaciendo lo andado, transitan en un cauce de individuos
que confluyen en el marasmo del inconsciente colectivo.
La mayor parte de aquel caudal humano se mueve
en el sentido Sur-Norte de la carrera séptima. El denominado “septimazo” cuando
se extiende hasta la emblemática torre Colpatria. Un desprevenido visitante
como yo -y buen caminante además-, no tuvo reparos en hacer el trayecto,
impelido por la agilidad con la que aquel torrente de almas se mueve
agitadamente y cada vez con mayor afán. Unos hacia los parqueaderos de autos,
otros hacia sus casas en sectores cercanos al centro de Bogotá, y la inmensa
mayoría hacia las estaciones del Transmilenio, o “Transmilleno” como le dicen
con sorna.
Pero en todo caso, admira ver que en cada
esquina, aquella mole de personas se detiene frente al semáforo peatonal en
rojo. Aguarda el cambio hacia el verde y continúa. Lo propio hacen los
conductores, que nunca -o casi nunca invaden las cebras-. Con decir que alguna
vez un vehículo obstaculizó el camino de los peatones y vi por lo menos tres
personas mirar al conductor de modo censurante, al tiempo que se llevaban el
dedo índice a las sienes. Entendí la alusión a la campaña televisiva sobre
normas de tránsito que un reconocido documentalista nacional dirigió en su momento, y no pude
evitar el impulso de unirme a los que expresaban de este modo su descontento.
Sería muy ramplón, y un despropósito absoluto
entrar a comparar Valledupar con Bogotá. Ante todo porque la Ciudad de los
Reyes está muy por encima de otras ciudades, incluso de la misma costa Caribe. Pero llama mi atención, y de hecho, recuerdo algunas breves nociones de cultura ciudadana, que puestas en práctica
juiciosamente, contribuirían grandemente a una mejor convivencia.
Tampoco es que no se pueda tener un referente
al cual dirigir la mirada con intenciones de emular aquello que ayude a elevar
nuestros índices de civismo. Pero ocurre que en general, los últimos mandatarios
capitalinos han puesto a Bogotá en la lista de ciudades amables con la
comunidad, sobre todo en materia de urbanismo en maridaje con la ecología,
prelación del transporte público sobre el particular y garantías verificables
para el peatón.
Las nuestras recientes administraciones
municipales, a nivel local, por el contrario, han alentado la esperanza de unos vehículos de
servicio más grandes y cómodos, que están siempre llegando y nunca terminan de
llegar. Ojalá, para cuando por fin hagan su arribo, los vallenatos hayan
aprendido a mirar la tablilla antes de subir a la buseta, a pagar el pasaje al
montarse a la misma, y a ceder el puesto a personas en condiciones de movilidad
limitada, si bien moverse en éstas buseticas que son como latas de atún con
ruedas, es arriesgarse a sufrir eventos que no quiero siquiera nombrar.
Difícil resultaría tratar los factores que han
llevado a la disminución de las rutas de buses. Hubo una época en que se podía
tomar bus hasta las nueve de la noche. Hoy, con todo y el incentivo que es la
vigencia de normas que restringen el mototaxismo, las rutas más afluidas
terminan sus recorridos a las ocho, contando con suerte. Y deben irse los
pasajeros apiñados unos contra otros, tratando de mirar por la ventana si se
está en el sitio donde debe pedirse la parada, porque el paradero es un lugar
desconocido para los individuos que exigen que la buseta los deje en la puerta
de la casa.
Sin duda alguna, somos más los que esperamos
ver a nuestra ciudad convertida en un foco de cultura ciudadana, de civismo y
respeto por las normas de tránsito, y en general por otras normas creadas en
función del beneficio común. Mientras allá llegamos, sigo embebido en mis
pensamientos, contemplando en ellos el Santuario de Monserrate, convertido en
un punto de luz sobre los cerros orientales de la Capital, rutilando en medio
de la bruma nocturna.
Armando Arzuaga Murgas



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