De la observación a la observación participante, una experiencia con mujeres cacaoteras.

En el 2017 participe en el desarrollo de mis prácticas en un programa entre el gobierno y el PNUD, donde estudiantes de diferentes áreas y partes del país viajaban a diversos municipios a realizar sus practicas universitarias. Todo fue inesperado, sucedió de tal forma que no me di cuenta y en realidad no lo busque, sin embargo, debo decir que dicha experiencia fue sin duda un aprendizaje gigantesco. 
En el municipio de San Marcos al cual fui a parar, trabajé con ASOCACAO una asociación de cacaoteros de la Mojana, sus miembros buscaban incentivar proyectos a partir del cacao en los cuales participaran las mujeres (la mayoría esposas de los integrantes de la asociación). Mis primeros acercamientos tuvieron algo de distancia, realizando observación en el sentido estricto y tal y como lo denomina Angrosino como “el acto de fijarse en un fenómeno, a menudo con instrumentos, y registrarlo con finalidad científica.” (2012, p.80). Al principio y en parte por mi inexperiencia en el uso de técnicas de registro como el diario de campo, el registro era difícil de tenerlo en cuenta. Olvidaba aspectos temporales que podrían ser importantes, las referencias y alusiones a determinadas interacciones y, postergaba demasiado el registro final de las observaciones sobre las pequeñas anotaciones, lo que finalmente se transcribía en el olvido de los aspectos que deseaba resaltar. 
Luego de unas cuatro sesiones en campo, en las que observaba lo sucedido en la asociación, la relación de ésta con las mujeres, su participación, así como la importancia de su rol, me di cuenta del entorno excluyente y hasta machista que permeaba las prácticas organizativas de la asociación. De igual forma, y en el transcurso de dichas primeras sesiones con ellas, realicé una serie de actividades de reconocimiento que no solo me permitieron ver las diferentes intenciones y conocer un poco más de ellas y su entorno, también trazó el punto de partida de mi papel como observadora distante, a una más cercana y participante. Por medio de esas actividades conocimos un poco más de nosotras, incluso entre ellas comenzarán a entablar otro tipo de relaciones (más profundas e incluso personales), pues a pesar de haber compartido en diversos espacios y escenarios algunas no se conocían y aquellas que ya lo hacían, ignoraban razones y anhelos como la independencia económica o el apoyo a sus hijos y el ejemplo que les daban a estos por medio de su acción en la asociación y el nuevo rol que comenzaban a desempeñar en la realización del proyecto. 
Fue solo después de esa apertura que me di cuenta de un pensamiento pesimista y desesperanzador que rondaba en la asociación frente al rol de la mujer y su posibilidad de participar en mayor grado. Las preocupaciones y deseos de aquellas mujeres además de la desconfianza y descrédito que había para con ellas me lleno de convicción y deseo de apoyar su proyecto, incluso más de lo que mi práctica lo tenía estipulado. Así, mi rol cambió drásticamente al ver la mal consideración y el entorno simbólicamente violento y resignado al sustento del hombre. Entorno que podía cambiarse desde el proyecto y las ideas poco soportadas de ellas tenían en torno a este  como la creación de productos alimenticios artesanales y locales, que brindan otras alternativas a la venta directa de la materia prima. 
Lo que en un principio fue una actividad de observación y creación de informes para una organización como PNUD, terminó convirtiéndose en una intervención conjunta en donde aprendí más de lo que pude trasmitir. Mi enfoque cambió a lo largo del proyecto y muestra de ello fueron las siguientes sesiones, en donde me concentrar en desarrollar un plan de trabajo donde no solo se creara un producto alimenticio en conjunto con las mujeres  sino también las empoderará y les brindará las herramientas necesarias para saber como construir y administrar un modelo de negocio. Entendí, que aquello cotidiano en sus hogares (el cocinar) se convertía, así como ellas lo veían, en una herramienta de transformación de la materia prima, a un producto elaborado que podría generar ciertos ingresos. Pero, dicha perspectiva no fue inmediata, transcurrieron algunas semanas cocinando, hablando y pensando que preparar y cómo venderlo. Y, así poder ver que aquella independencia a parte de lo económico, era el poder creador de sus manos que reventaba los absurdos egos del hombre cacaotero y buscaba demostrar cuán valiosa eran ellas, su participación y sus saberes. 
Lo anterior estuvo registrado en algunas fotografías, en notas de campo que diariamente llevaba a mis diarios de campo y en los informes de ejecución requeridos por la organización. Quizá esa forma de conocer y aprender de las prácticas sociales que nos brinda la observación participativa, y que resulte condensando en mis diarios y fotografías, fue realizada de la manera más intuitiva posible. Mi falta de formación en investigaciones cualitativas no fue un impedimento, pues con algunas guías de externos y acompañamientos laborales pude aprovechar al máximo dichos espacios. A pesar de ello, considero que cometí algunos errores, pues en ocasiones parecía que lo registrado no era lo observado sino lo supuesto, que mi participación quizá no era suficiente para el nivel de compromiso que quería adquirir y, por encima de cualquier cosa, nunca tuve presente ese doble rol del observador que los autores Jociles y Angrosio mencionan. 
Luego de en su momento haber entendido esas limitaciones propias y de la herramienta dentro de mi objetivo que era acompañar y aportar todo lo posible a estas mujeres, decidí migrar (o eso pensé pues nunca dejé de observar y comprender de ellas) a una metodología mucho más a fin conmigo: el diseño participativo.  Juntas a partir de diferentes talleres y didácticas de maquetación ideamos la creación de diferentes productos y comenzábamos a experimentar, aprendí de las diferentes preparaciones a pesar de mi inexperiencia culinaria. Nos asesoramos de diferentes personas que conocían las cualidades del cacao y su versatilidad, aprendimos de las diferentes maneras de transformar el producto y siempre desafiábamos la definición o conceptualización de aquellos productos ya establecidos (un ejemplo de ello fue el sabajón de cacao y la mermelada de cacao con guayaba agria). 
El resultado de aquellas sesiones fue su participación en el mercado campesino organizado por el PNUD, allí, todos sus productos se vendieron e incentivaron la continuación del proceso que venía sufriendo de las constantes quejas externas ante la falta de resultados tangibles (claro para ellos que nunca vivenciaron la transformación que todas tuvimos). Días antes de la preparación del mercado, las sesiones fueron tensas por eso mismo, las expectativas no eran tan altas e incluso un par de mujeres asistían intermitentemente. El ver sus productos en boca de otros, el ser apreciadas por sus preparaciones y recibir aquella remuneración tanto simbólica como económica fue una bocanada de aire de aquel bello proyecto que hoy sin mí, estoy segura sigue transformando sus vidas y cotidianidades. No por mi participación, aclaró. Solo por ellas y nadie más. 

Me gustaría terminar de contar aquellos días que llegan a mi con nostalgia y alegría, pero quiero dejar explícito porque considero este aprendizaje fue un proceso de observación – observación participante y paralelamente de diseño participativo. Como lo relate al principio llegué a terreno introducida por el PNUD lo que facilitó mi ingreso a la asociación, sin embargo, la generación de confianza solo se dio hasta los momentos señalados, que, sin ella, habría sido imposible lo acontecido. Tenía como objetivo principal informar para que el PNUD generará programas de apoyo a la asociación, por lo que la práctica, el hacer de estas mujeres resultó el objeto de estudio al cual tuve que abrir en totalidad el uso de mis sentidos y no depender tan sólo del lenguaje pues algunas no escribían ni leían y otras no manejaban el mismo vocabulario. En ocasiones me dejé llevar por la interpretación, mostrando los riesgos latentes de la OP, también pude ver la flexibilidad de esta herramienta y la necesidad de ser complementada por otras herramientas de recolección o intervención como lo fueron el diario de campo o el diseño participativo. Pero, quizá lo que más aprecio fue la naturalidad de dicho contexto, que aun con mi poco conocimiento sobre el cómo hacer participación, y a partir de su cotidianidad y naturalidad, no solo me llevo a aprender a manejar o por lo menos experimentar sobre el cómo hacer un diario de campo, también cumplió con los dichosos informes y lo mejor de todo ayudo, así sea en pequeña medida esos cambios y acciones en las mujeres y su proyecto.

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