Un universo culinario para disfrutar: La cocina participativa
Un universo culinario para disfrutar: La cocina participativa.
Debo
comenzar siendo sincero: la cocina es tan solitaria como solidaria. Muchas de
las veces que he hablado de la cocina, los afectos que tengo por esta práctica,
por estas relaciones, por estos significados y por estas historias, me han
conducido a vanagloriarla. Suelo hablar de lo integrador, lo social, lo
afectivo y lo movilizador de los fogones, pero poco sincero soy al no mencionar
la solitaria acción que en ocasiones es impulsada por todo aquello ya
movilizado.
Conocer
dicha dualidad fue solo posible a partir de la observación participativa, y en
realidad, considero que toda observación dentro de la cocina tiene ese
calificativo “participativo”. Participamos y observamos siempre que hay
alimentos. Nuestros sentidos claman por transformar las materias primas a
nuestro gusto y por satisfacerlos hacemos sugerencias, probamos y hasta
modificamos. Aprendemos desde pequeños a observar y a hacer observando. Cuando
desgranábamos arveja o mazorca en la butaca de la cocina con nuestras abuelas o
mamás, o cuando lavábamos papas empinados para llegar al fregadero no solo
ejecutamos dichas acciones, apreciamos los procesos consecuentes para obtener
una sopa, un guisado, y un largo etc. de recetas posibles. Si
tenemos en cuenta que para Jociles (2017) la observación participativa es la
técnica más valida para conocer las practicas sociales que conforman los
múltiples procesos sociales y, que prácticamente los procesos culinarios se
aprenden y viven de la observación participante, sugiero una cosa ¿quiere
practicarla? ¡Métase a la cocina! No busco ilusionarle y hacerle creer que
cocinando conocerá la infinidad de practicas posibles en el mundo, pero,
probablemente si pueda conocer algunas de las practicas sociales más intimas de
las comunidades y poblaciones.
Se
puede definir la OP como una técnica de producción de datos consistente en que
el etnógrafo observe las prácticas o “el hacer” que los agentes sociales
despliegan en los “escenarios naturales” en que acontecen, en las situaciones
ordinarias en que no son objeto de atención o de reflexión por parte de estos
mismos agentes (Labov 1976, 146; Marshall y Rossman 1989, 79), a la vez que
participa en el desarrollo de esas prácticas de diferentes maneras y en
distintos grados (Gold 1958; Junker 1960; Spadley 1980), que van desde
intervenir activamente en su ejecución hasta simplemente estar presentes en
esos escenarios (Guber 2001). (Jociles, 2017, p.p.126)
La
cocina al ser uno de los “escenarios naturales” donde los agentes sociales
acontecen, suele guardar múltiples afectos y significados observables a través
de reglas o practicas de quienes intervienen y como lo hacen en los espacios. A
quien se le sirve primero, cuanto se le sirve a cada uno, las posiciones en la
mesa, quien colabora a colocarla y a servir, quien cocina y colabora, etc. son
indicadores de relacionamiento dentro de diversas prácticas. Ahora, si se
quiere develar la cocina como tal, no basta con mirar cantidades e
ingredientes, se piensa el tiempo, los implementos, las sensaciones, los gestos
y los movimientos en la preparación. También quien suministra las materias
primas, de donde vienen, quien o quienes las preparan, como se comen, cuando se
come, etc.
Más
allá de considerar la cocina como un entorno propicio para la realización y
para conocer por medio de observaciones participativas y que en los siguientes
renglones justificaré desde mi experiencia, la considero como una oportunidad
de entrada y generadora de confianza que puede facilitar el desarrollo de esta
herramienta “especialmente válida para producir datos sobre “el hacer” de los
sujetos que se estudian” (Jociles, 2017, p.p. 127) y siendo este el motivo por
el cual la pongo el dialogo con la herramienta. Pues, encuentro como la
practica ayuda a la eficacia de la herramienta que busca analizar en ocasiones
dicha práctica, algo que no siempre sucede ya que hay practicas sociales mucho
más restringidas y delimitadas; pero en este caso, casi nunca se le niega la
entrada a la cocina a alguien, es más, suele ser el sitio de recepción en
muchas ocasiones.
Como
lo menciona Jociles, la observación participante no necesariamente es una
técnica definitiva, esta puede y suele ser complementada con otras técnicas,
como aquellas de recolección de información, un ejemplo de ello es el diario de
campo. Sin embargo, la búsqueda de una construcción minuciosa de lo observado,
que parte de los detalles como elementos constitutivos de las practicas
sociales y que llevan a la construcción de la complejidad de dichas prácticas,
la convierten en una técnica a tener en cuenta. Se deben tener en cuenta
múltiples factores como el doble papel o la doble mirada de quien la ejecuta,
en donde cobra importancia la inmersión en las actividades y la observación
misma; también la rigurosidad del registro y de lo que es observado mas no
intuido, y, que esta usualmente acompañado del riesgo a observar y registrar
únicamente o de manera centrada todo aquello relacionado con el lenguaje. A
pesar de estas dificultades, como herramienta cuenta con una flexibilidad que
requiere de reflexividad y actitud crítica, para conservar una congruencia
metodológica, que corre riesgo ante la posibilidad de sesgar lo observado por
la influencia del observador y con motivo de generar resultados sobre la
investigación. (2017)
Ejemplificare
cómo la observación participativa es una herramienta adecuada para aplicar en
los estudios desde y sobre la cocina desde mi experiencia en campo. En Medellín acompañe los procesos gestados en torno al fogón de un gran
cocinero y hoy un buen amigo llamado Emmanuel Taborda. Juntos queríamos ver
aquellos elementos que permitían a la cocina como fenómeno social ser un campo
de construcción de memoria, para lo cual estuve acompañando y observando sus
diferentes actividades, fueran formales, académicas o comunitarias. La más
bella de todas siempre será la cocina con las mujeres del Pedregal, quienes hoy
hacen parte de un movimiento llamado “cocina como acción social” y que se han
empoderado de sí mismas desde su relación con el fuego, los alimentos y su
familia de vida.
1er foro cocina como acción social
2do foro cocina como acción social
3er foro cocina como acción social
Ellas
han superado y sanado diferentes dolencias, han construido familia con quienes
en algún momento fueron desconocidas, y, han encontrado y dado apoyo
incondicional siempre desde su cocina. Él (Emmanuel) ha sido el dinamizador de las
herramientas, de los afectos, de los espacios, de los diálogos; tan solo ha
dejado que el calor transforme las relaciones a través de risas, del gusto del
comer, de la curiosidad de los nuevos sabores, de las experiencias con los cuerpos,
de los olores, de las remembranzas del gusto y de la complicidad del cocinar.
Conocer
un poco de esas interacciones parecía algo imposible, mi lado introvertido
suele obstaculizar mi llegada a ciertos espacios de investigación, sin embargo,
todo eso quedo atrás al poner el caldero. Mi llegada como extraño fue apaleada
por el mortero con el que machaque el ajo como primera tarea. A penas tuve
tiempo de dar mi nombre y todas me llevaron a preparar los alimentos, se veían tan
organizadas y desordenadas al tiempo, sonreían y saltaban todas las normas
sanitarias posibles, metían los dedos y los chupaban para volverlos a meter,
pasaban cada pre cocción a las otras y sin ninguna barrera llegaron a mi sin excepción
alguna. Ninguna era experta en los diferentes cortes o métodos de cocción, ni Emmanuel
parecía serlo, es más, la cocina como hacer y técnica era solo una excusa. Excusa
para reunirse, para charlar, para disfrutar, para curar los problemas del hogar
y del barrio. La cocina como espacio fue el lugar de convocatoria, el
facilitador del gusto y del disfrute, de la juerga, de los cortes y salteados,
y, sin lugar a duda de los afectos propios y con otros.
En
este caso no se trato tan solo de lo que se cocinaba y como se hacia (como lo
pensaba antes de llegar), aquí las diferentes normas que establecen categorías como
lo tradicional, lo vanguardista o campesino no fueron definitorias. Lo técnico culinario
paso de largo y entro el universo culinario de Julian Estrada. Los sentidos
movilizaron, recordaron y obsequiaron referencias de lo sucedido, lo que sucedía
y lo que sucederá. Los afectos unieron, sanaron y empoderaron. Y la cocina,
convocó, provocó y evocó en cada lavado, corte y cocción, y, en cada sonido,
textura, olor y sabor.
Escribo
en unos pocos párrafos mi experiencia de bienvenida a una familia de fuego, de
diferencias económicas y sociales, así como de diversas luchas personales venidas
de la calle y el hogar. Claro, pude ser descriptivo y contar el cuento, pero
quise sumar ese primer momento entre el mortero y mi sorpresa, con el
derrumbamiento de las barreras al llegar a un nuevo escenario. Fue quizá hasta
hoy la introducción mas sencilla a un grupo de personas, a quienes observe
desde sus relaciones cotidianas en las cocinas como forjaron afectos y cariños
en torno al cuidado y el acompañamiento. Debatiendo el dolor de como me sincere
al principio de este escrito con el lado solitario de la cocina.




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